Ayer me tocó, de forma medio buscada, exponer los motivos por los que estoy en contra de un megacomplejo de ocio en Madrid. Son de estas veces que sabes de antemano que todo lo que digas podrá ser utilizado en tu contra, porque los tres o cuatro argumentos que sacas a relucir de tu chistera suenan a discursillo buenista sin mayor consistencia que la ilusión infantil por un mundo mejor, pero aun así me lancé a la piscina. El otro lo tenía fácil, le bastará con recurrir a las oportunidades de crecimiento económico y a la burrada de puestos directos, indirectos, bla, bla, bla. ¿Y cómo decir que no a eso? Entonces, en un intento desesperado (y sabiéndote moralmente superior al contrario), le espetas que él se queda únicamente en eso, en el empleo, pero que hay que pensar qué tipo de tejido productivo queremos y cómo nos gustaría prosperar, para no incurrir en los errores del pasado. Te haces el guay hablándole que si de terrenos rurales, crecimiento sostenible, I+D, inversión en otras cosas, aprovechamiento y optimización de los recursos ya existentes, reformas ad hoc en la legislación vigente, exenciones fiscales, blanqueo de dinero, bla, bla, bla... y sabes de sobra que tu dialéctica no ha sonado convincente ni al más predispuesto de tus contrincantes. Ni a ti mismo, casi. Das la charla por concluida, porque en el fondo te la pela hablar de estas cosas con quien habita en el lado oscuro, y te reafirmas por dentro en la pena de todo esto. Esperas, eso sí, que la inspiración no te abandone cuando tengas que defender tus creencias en foros de mayor calado, cuando haya posibilidades reales de cambiar tu realidad, y no te despiertes a continuación en la cama sabiendo que lo anterior sólo era un sueño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario