Desde atrás la distancia se sirve a sí misma como herramienta relativizadora, tan necesaria estos días para saberse diferente al rebaño y poder apagar la luz de la mesilla con alguna que otra inquietud rondándote la cabeza.
Les veo plácidamente sentado en la última fila, y transformo su discurso (en ocasiones vacío, otras veces pactado) en una melodía lejana de la cual extraigo un susurro irrelevante. Anulo su contenido (no me interesa), pero sí reparo en los gestos, y con eso me basta.
Dios mío, ¡qué alejado me siento de ellos! Eminencias, directivos, altos cargos y personas de renombre con algo importante que decir... ¡Víctimas y adalides del sistema! Y yo, que en alguna ocasión me vi de su lado, no les tengo ninguna envidia.
