En la pasada entrega de los Golden Globes, Jodie Foster pronunció un discurso de agradecimiento a toda una carrera en el que defendió, por encima de todo, la privacidad. Como es una persona brillante, aprovechó para salir muy elegantemente (si es que no lo había hecho ya) del armario para aquellos que no quieren ver ni oír, y conmovió a propios y extraños echando mano de una honestidad consigo misma que echamos tanto en falta en los discursos vacíos de otras celebrities.
Pero quería pararme durante un párrafo o dos en eso de la privacidad. Probablemente lo haya hecho en algún que otro post, pero no sólo tropiezo repetidamente en la misma piedra sino que, además, gusto de repetirme, para los que tampoco quieren ver ni oír. Lo privado, esa gran conquista, que cada día corre más peligro de muerte bajo la losa de una mal llamada socialización hecha carne en foros de todo tipo.
Todos sabemos a qué jugamos y en dónde nos metemos, pero nuestra constante sobreexposición a todos los niveles ante los ojos de los demás resta, creo, valor a lo que somos; y si alguien comete la osadía de juzgar al otro bajo el criterio de una etiqueta, un escrito o un enlace, sin pararse un segundo a mirarle fijamente a los ojos, ponemos nuestro granito de arena en esa involución hacia lo evidente, lo irrespetuoso y lo simple.

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